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Siéntate y te lo cuento - Blog de Antonio Espinosa

Reflexionando sobre política 2. El Estado del bienestar

Vaya por delante que yo soy un ciudadano y no un ¿ciuda…qué?, que es lo que somos para los políticos y para los dueños del dinero; para ser más exactos, eso es lo que somos para algunos -muchos- políticos. Dicho esto, me planteé reflexionar sobre el Estado del Bienestar.
Terminada la guerra entre españoles (que no fue otra cosa que un golpe de estado militar en contra del poder legalmente establecido), se necesitó reconstruir una España destruida, una población diezmada y unas prebendas otorgadas a los vencedores en pago a sus servicios. Y no fue tarea fácil. Yo, que nací en 1941, miraba las caras de la gente y observaba miedo. Pero pasado aquellos años de represión y miedo la gente se puso a trabajar y poco a poco el país fue recuperándose… hasta llegar al Estado del Bienestar. Este estado se caracteriza por varios puntos esenciales:
A) Los individuos somos ciudadanos y tenemos derechos reconocidos en la Constitución.
B) los ciudadanos tenemos el derecho a una estructura sanitaria universal y gratuita.
C) Los ciudadanos tenemos el derecho a una educación universal y gratuita, sobre todo en los primeros años de nuestras vidas.
D) Los ciudadanos pagamos al Estado un tanto por ciento de nuestros rendimientos del trabajo.
Hay muchas más obligaciones y derechos nos recogidos en la Constitucion pero me basta con estos para mí análisis.
La destrucción del Estado del bienestar significa una pérdida de derechos constitucionales de los ciudadanos. Algo equivalente a un golpe de Estado. Pero los dueños del dinero han encontrado el camino para que todo este proceso ténga la apariencia de algo natural: inventaron la crisis económica y/o financiera para abaratar los salarios hasta límites de indignidad humana, como consecuencia el Estado recauda menos y se necesita recortar (destruir) el estado del bienestar. Así educación, salud, pensiones, etc quedan como posibles negocios que ellos explotaran.
Lo que ellos no sabían era que los llamados corruptos iban a interferir en el proceso y que los ciudadanos, antes o después, tomarán cartas en el asunto.

Reflexionando sobre política 1

Lo digo antes de provocar confusiones, deseo hablar de política y no de políticos, dos temas muy diferentes. Hablar de políticos no es el objetivo de mi reflexión. Eso lo dejo para los especialistas de la corrupción, que hoy está muy de moda.
Hablar de política es hablar , según define el diccionario de la RAE, de
A) Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.
B) Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.
C) Actividad del ciudadano cuando intervienen en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Entendido así, y en base al apartado C) daré mi opinión sobre lo que vivimos en los momentos actuales.
Empezaré por el final, es decir, por las consecuencias de la política que se aplica en estos momentos: en mi humilde opinión, se está creando la sociedad de la desigualdad. Esto es un hecho incuestionable. Si yo emplease un lenguaje populista diría que los ricos son más ricos y los pobres son más pobres. Si yo fuese un revolucionario diría que la riqueza de los ricos deriva de la pobreza de los pobres. Pero yo no soy ni una cosa ni la otra sino un ciudadano.
Si yo fuese un político preguntaría, ¿un ciuda… qué?
Si se acepta lo dicho hasta ahora, intentaré dar una explicación política de lo que ha traído estas consecuencias tan nefastas:
Hubo un tiempo en que el mundo estaba dividido en este-oeste, es decir, en derecha frente a izquierda. Ambas posiciones políticas tenían matices. Desde un comunismo marxusta que nace en 1917 hasta un liberalismo que se basaba en la capacidad de decisión de cada individuo.
Más tarde la división fue norte-sur, es cedir, gente que come frente a gente que no come. Riqueza frente a pobreza.
Poco a poco se llegó al concepto de globalización. Nefasto y maldigo concepto porque solo se globaliza la pobreza.
Ahora hemos llegado al colmo de la desfachatez política. Los neoliberales y extrema derecha, que reinan en Europa y ahora también en EEUU han descubierto que el Estado del Bienestar es un negocio y han decidido derribarlo para construirlo desde el punto de vista del negocio. Y aquí estamos los ¿ciuda… qué? aguantando pacientemente las decisiones de los todopoderosos.
Mientras tanto, los Parlamentos se distraen en qué corcho compran páralos tapones de las botellas.
Para llorar o para leer la historia reciente de los más importantes revolucionarios del mundo.

Continuará…

Tresemes, la política y la gayola

Tresemes, la política y la gayola

Lo encontré sentado a la mesa de un bar en el centro de León y, aunque estaba muy desmejorado, lo reconocí rápidamente. Se trataba de Manolo Montillano, más conocido por Tresemes porque su segundo apellido es Mora. Manolo Montillano Mora y yo no nos veíamos desde hace unos veinte años, cuando estudiábamos en el mismo instituto. Tresemes era un tipo singular: atrevido, fresco, alegre, divertido, mal estudiante y algo alocado, jugaba al fútbol como pocos. Era zurdo, lo que valoraba más su papel en ese deporte. Él se divertía jugando al fútbol y en su cabeza no entraba la idea de hacerse profesional y vivir del balón: jugaba porque le divertía; también lo hacía porque así ligaba mucho más del doble o triple que los demás.
Ahora, sentado en esa silla del céntrico café castellano, tan desmejorado, no pude menos que recordar viejos tiempo. No tenía otra época para evocar mis recuerdos porque un día desapareció del instituto y no volvimos a saber nada más de él. Yo terminé mis estudios y me marché a una ciudad del sur como profesor. Y también desaparecí del lugar en que fuimos niños y adolescentes, del sitio en que vivimos nuestras primeras experiencias amorosas, él con Julia y yo con Pepa.
Me acerqué. Él no me reconoció pero cuando le hablé de ciertos temas se levantó y me abrazó. Me dijo que había vuelto al lugar en que fue niño porque deseaba morir en él. No quiso hablar más de su vida. Tomaba agua mineral, un botellín natural y sin gas que parecía demasiado para su escasa sed. Solo deseaba morir en ese lugar y no quería hablar de los viejos tiempos.
¿Dónde está tu alegría y tu gran humor?, le pregunté.
En la càrcel se quedó junto a mi salud. De allí salió solamente este cuerpo que ves.´
Tresemes murió pasadas dos semanas del aquel encuentro. Luego supe lo ocurrido. Y lo ocurrido es la historia de siempre: en política no se puede volar como los globos, a base de pesar poco, porque entonces cualquier pinchazo basta para caer estrepitosamente mientras otros políticos más avispados ocupan el poder y disfrutan por encima de sus posibilidades. Tresemes fue el sacrificado del partido.
Descanse en paz. Creo que ahora habrá recuperado la alegría que algún día tuvo y desapareció de su cuerpo.

La palabra I

La palabra I

Hoy me he propuesto hablar del término palabra. Cuando todo se pierde queda la palabra. Así que la palabra es nuestro mayor tesoro porque nos permite comunicarnos con los demás para expresarles nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, anhelos, sensaciones o impresiones. La palabra, !ay la palabra! es nuestra prolongación hacia el mundo que nos rodea, al tiempo que enraíza en lo más profundo de nosotros. Es como la cuerda que se le arroja a quien está ahogándose en medio de un mar embravecido. O como el apretón de manos que sirve de saludo. Sin embargo, la palabra, a veces, también se comporta como una bofetada dada en plena cara, o como un insulto dirigido hacia afuera, de forma general o de manera específica.
La palabra, la palabra.
La palabra a veces es un susurro dicho al oído, como las que se emplean en el lenguaje del amor. Te quiero, I love you o Je t’aime no se pueden usar gritando, ni siquiera hablando en tono coloquial; es preciso que salgan en forma de susurro.

Diario de un aburrido

Hola amigos. Aprovechando los días de verano me he puesto a escribir un diario, el diario de un aburrido, que compartiré con vosotros cada día o cada dos dias, según este de aburrido.
Espero que os guste.

Diario de un aburrido
Día 1. 30/1/2016
Tomo café descafeinado sentado en una terraza cubierta dentro de un Centro Comercial. Es lunes y quizás por eso no hay demasiada gente. Cinco mesas están ocupadas en este momento, pero quiero destacar la que tengo frente a mí en la que cinco personas hablan animadamente de negocios. La única mujer parece llevar la voz cantante. No sé por qué pero la cara del señor de más edad me suena a cara conocida. Esto me suele pasar con frecuencia pero, como casi siempre, me es tan desconocida como las del resto de las personas que están en este lugar.
La mente, -nuestras mentes-, es caprichosa: guarda las imágenes que ha visto y, de manera no consciente, siempre trata de encontrar parecidos entre ellas o entre ellas y las nuevas imágenes que le llegan. En otras palabras, la mente siempre trata de encontrar parecidos con la realidad. Dicho de otro modo, la mente quiere llevar todo hasta ese espacio que conocemos como realidad.
¿Qué es la realidad?, pregunté por teléfono a mi amiga María..
La realidad es todo, respondió con su pragmatismo de andaluz criada fuera de Andalucía.
Me entretengo y le doy la vuelta a la frase. Es una costumbre mía que adquirí siendo estudiante:
Todo es real, concluí.
Entonces mi mente, acostumbrada al raciocinio lógico, se dedicó un tiempo a inventar realidades. Por ejemplo, en un intento de personificar mis sueños y anhelos, mi vida pensada, mis ideas más nobles en el sentido platónico de la palabra noble, etc., decidí inventar a Fátima quien, de acuerdo con la teoría defendida por María, tiene ya la dimensión de lo real. En este sentido, quiero recordar las palabras de Boabdil el Chico:
Todo lo que ha sido pensado perdura siempre entre nosotros.
Jamás vi la cara de Fátima a pesar de haberle dado el soplo imaginario de su creación. La inventé como niña, adolescente, joven y mujer madura. Fátima ha convivido conmigo y ahora tiene mi edad. Mejor dicho, siempre ha tenido mi edad. Le pregunto y ella contesta porque conoce mis sueños y mis pensamientos, mis amores y odios, mis temores y mis deseos ocultos y, a veces, incalificables.
Por un momento levanto la vista de mi diario y echo un vistazo a mi alrededor; veo negocios casi vacíos, como Shana, Mango, Springfield, Oysho y varias tiendas de telefonía. A pesar de estar de rebajas hay poca gente, señal inequívoca de que hay poco dinero para gastar. La rebaja más generalizada que veo es la del dos por uno, es decir, la del 50%.
Lo pienso y paso por mi mente todo el tema de las rebajas para que se entere Fátima; y ella, mujer real sin cara ni cuerpo, sin necesidades humanas, me recuerda que yo he venido hasta aquí para comprar cuchillas de afeitar y otras cosas de higiene personal. Pero yo, hombre de carne y hueso, es decir, hombre real en el sentido que le damos a esta palabra en este mundo, gozo entreteniendo mi mente en pensar, soñar, imaginar y desear.
Maravilloso contrapunto entre Fátima y yo, ella, la persona cuya realidad descansa en mi mente, habla de cosas prácticas y necesarias y yo, el teórico hombre del mundo de las cosas que se tocan, deleito mi mente con mi pasión por crear lo que mi sensibilidad me dicta.
¡Qué compleja es la mente!, digo, y Fátima exclama,
¡Qué compleja es la realidad!
Creo que debo poner punto y final a lo que escribo porque me estoy metiendo en camisa de once varas.

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